2003 | 352 pág. | Anagrama | Heban | 9788433925459


 “Porque nosotros nos vamos y nunca más regresamos, pero lo que escribimos sobre las personas se queda con ellas por el resto de su vida …”


Impresiones: En este libro, escrito en la primera persona, Kapuscinksi se sumerge en el continente africano durante la década de 60 para cubrir la ola libertadora de las antiguas colonias europeas. Con una maestría excepcional, el autor nos acerca a la belleza de África a través de su mirada y entender, a los estigmas derivados del comercio de esclavos, las consecuencias del colonialismo en la repartición territorial, las creencias y tradiciones ancestrales; además de relatar como ha sobrevivido a las duras condiciones de vida y adversidades que se ha enfrentado por el camino. Abrumado por su soledad y consciente de su indefensión, en su piel de reportero, el autor cuenta como ha padecido tuberculosis y malaria cerebral, como sobrevivió a los delirios provocados por el desierto del Sahara, y como se alojó en los barrios de chabolas para acercarse a sus gentes, compartiendo una habitación con una infinidad de seres nocturnos (lagartijas, escarabajos, polillas, etc.) y dejando sus pertenencias al alcance de los atracadores.


Un diario íntimo que nos lleva a viajar por un territorio único, en que cada página ofrece un escenario difícil de asimilar. En palabras del propio autor, África “es un océano, un planeta en sí mismo, un universo variado y riquísimo (…) aparte de la denominación geográfica, en realidad África no existe“. Lo único que puede tomarse como una constante son: la oscuridad impenetrable durante la noche, el ofuscante resplandor del sol, los caminos de tierra, el silencio absoluto en oposición al bullicio de los mercados, y los mosquitos impaciente y furiosos. Desde Guinea, Chad y Gabón, pasando por Ghana, Uganda y Sudán, hasta Mozambique lo que más me ha apasionado es como el autor consigue, a través de palabras cuidadosamente seleccionadas y descripciones minuciosas, despertar los cinco sentidos del lector, convirtiéndole en parte integrante de esta magnifica expedición cultural.


Debe tenerse presente por otra parte, que este viaje se plantea también como una mirada desde donde aprender y reflexionar sobre los conflictos armados que asolan la región. En este sentido, caben destacar los relatos sobre lo que se esconde detrás del genocidio de Ruanda, y el origen remoto de las rivalidades entre Sudán del Norte y del Sur que han culminado en un guerra entre dos mundos hostiles que no podían vivir en un mismo Estado independiente.


En este estado las cosas ¿cómo definir “Ébano”? No es una novela, pues relata hechos que se han realizado en lugares que pertenecen a la geografía africana, en fechas precisas, que coincidieron con personas reales: en términos anglosajones podría decirse que es una no-ficción. En la edición española de Anagrama, la tapa menciona la colección “crónicas”, que remite el lector a un género híbrido, medio periodístico. Pero, aquí, conviene advertir que existe un debate aún abierto sobre la veracidad de los relatos Kapuscinksi, en consecuencia de la biografía del autor producida por Domoslawski que llegó a España hace un año aproximadamente. Pero, en épocas de turbulencia, disturbios y revueltas, la ficción y la realidad quedan separadas por una ambigua línea borrosa, aún más si el único mecanismo de registro de los acontecimientos deriva de la memoria y cualquier apunte manual, que posteriormente se convertían en telegramas informativos destinados a los periódicos europeos. Pese a ello, y tratándose de literatura, yo me quedo con la idea de que la singularidad de Kapuscinski no reside en los hechos descritos, si los presenció o se los contaron, sino en su forma de escribir y su percepción de los “rostros anónimos” que desfilan en estas páginas, exenta de prejuicios y con una capacidad de comprensión genuina.


En definitiva, “Ébano” me ha encantado, aunque no es un libro para devorar, sino más bien para saborear. Está compuesto de preciosos fragmentos, transeúntes de rasgos marcados y historias encantadoras, profundas de sentimiento y llenas de humanidad.

 

Ryszard Kapuscinski (1932-2007, Polonia) fue uno de los mayores reporteros del siglo XX. Con apenas 10 años, la guerra obligó a su familia a deambular de ciudad en ciudad sorteando los peligros del frente. Así fue como se instaló en Varsovia, en cuya Universidad cursó estudios de Historia  y empezó a escribir sus primeros artículos. A los 17 años, trabajó para la revista ‘Hoy y mañana’, pero en 1955 dio el salto al periódico ‘Sztandar Mlodych’. Posteriormente impartiría clases en las Universidades de Caracas (1978) y en la Temple University de Filadelfia (1988) como profesor visitante, y como lector en Harvard, Londres, Canberra, Bonn y la British Columbia University de Vancouver (Canadá). Estuvo en la India y después viajó a África durante el periodo de la descolonización del Zaire, Uganda, Angola, Mozambique y tantos otros lugares. Trabajó para la agencia estatal de noticias durante más de tres décadas (1958-1981) hasta que en la década de los ochenta empezó a colaborar para periódicos extranjeros. Su firma aparecía esporádicamente en ‘The New York Times’ o en el ‘Frankfurter Allgemeine Zeitung’. En los últimos años disfrutó de una dulce vejez, acunada por agasajos, charlas y galardones que alcanzaron su cenit en 2003 con el Príncipe de Asturias. Kapucinksi falleció el 23 de enero de 2007, a los 75 años de edad, en Varsovia.

 

Clasificación: Lección de historia, culturas y escritura