Sudán del Sur, el Estado más joven del mundo, declaró el 09 de julio de 2011 su independencia. De esta manera, se cerró un largo proceso de paz, iniciado en el año 2005, aunque la tensión con el Norte sigue activa a causa de la repartición de los ingresos del petróleo, y sea considerado, en la actualidad, uno de los países más pobres del mundo (no tiene infraestructuras, el 89% de la atención sanitaria disponible es proporcionada por ONGs internacionales y el 70% de las niñas y chicas de entre seis y diecisiete años jamás ha pisado una escuela).


En este estado las cosas, lo que me gustaría destacar son las condiciones que han proporcionado este desenlace, con base en la información detallada que se presenta en el capítulo “Y la gente, ¿dónde está?” de “Ébano” (2003) de Ryszard Kapuscinski. Por ello, la entrada de Café y Libros de este mes no pretende hablar de libros olvidados o personajes ficticios poderosos, sino de la Historia de una nación bajo la mirada de uno de los periodistas más influyente (y polémico) del siglo XX. Así que bienvenidos y acomodaros. El café está servido y la palabra empieza a andar.

 

Sudán fue el primer país africano que tras la Segunda Guerra Mundial obtuvo la independencia. Antes había sido colonia británica, compuesta por dos partes, unidas artificial y burocráticamente: el Norte, árabe-musulmán, y el Sur, “negro”-cristiano (y animista). Sin embargo, en el año de 1962 estalló en Sudán la primera guerra civil entre el Norte y el Sur (precedida por rebeliones y levantamientos anteriores en el Sur), que se prolongó durante los diez años siguientes. Después, a lo largo de otros diez, hubo una paz, frágil e inestable, tras lo cual, en 1983, cuando el gobierno islámico de Jartum (la capital de Sudán del Norte) intentó imponer a todo el país la ley coránica (sharia), empezó una nueva fase, la más terrible, de la vieja contienda, que duró hasta muy recientemente. Se trató de la mayor guerra y la más larga de la historia de África, pero como se desarrollaba en una provincia profunda del planeta y no constituía amenaza directa para nadie no despertaba mayor interés. Por añadidura, “los escenarios de esta guerra, sus extensos y trágicos campos de la muerte, a causa de las dificultades del transporte y de las drásticas restricciones de Jartum“, permanecieron prácticamente inaccesibles para los medios de comunicación.


Una guerra que se desarrolló en muchos frentes y planos y en los cuales el conflicto Norte-Sur ya no era lo más importante. No sólo eso: podría llevar a confusiones y a tergiversar el verdadero retrato de la realidad. Empecemos por el Norte, ese inmenso país (dos millones y medio de kilómetros cuadrados) que en gran parte se compone del Sáhara y del Sahel, “lo que se nos asocia con arenales infinitos y pedregales erosionados por el viento. En realidad, el norte de Sudán, aunque es verdad que cubierto de arena y piedras, no sólo se reduce a ellas. Cuando, yendo de Addis-Abeba a Europa, sobrevolamos aquella parte de África, debajo de nosotros se despliega un paisaje extraordinario: la superficie amarillo-dorada del Sáhaa se extiende hasta el infinito. Y de pronto, en su mismo centro, vemos una franja ancha y  de un verde intenso de campos y plantaciones bordeando el Nilo, que fluye por allí en meandros amplios y suaves“. En tiempos, estos campos ribereños daban vida a millones de fellahs árabes y a pueblos nómadas de la zona. Pero más tarde, a partir de la segunda mitad del siglo XX y sobre todo de la independencia, se aceleró el proceso de expulsión de los fellahs por parte de sus congéneres ricos de Jartum, los cuales, junto con el generalato, el ejército y la policía, se fueron apoderando de las fértiles tierras del Nilo para convertirlas en plantaciones gigantescas de algodón, caucho, sésamo, todos ellos materia de exportación. Así nació la dominante clase de los latifundistas árabes, que, aliada con la élite burocrática, tomó el poder en 1956 y lo ejerce hasta hoy, liderando una guerra contra el “negro” Sur.


Los habitantes del Norte sumaban unos viente millones y los del Su alrededor de seis. Estos últimos se dividen en decenas de tribus, que hablan lenguas diferentes y profesan religiones y cultos diversos. En este multiétnico mar del Sur, claramente se distinguen, sin embargo, dos grandes comunidades: los dinka y los nueros. “Tanto a los primeros como a los segundos los distinguiréis a una legua: son altos, de dos metros, esbeltos y de piel muy oscura. Una raza bella, hermosa, llena de dignidad e incluso algo altiva“. Además no se alimentan sino de leche, a veces de la carne de sus vacas , a las que crían, adoran y aman. A estos animales no se les puede matar, como tampoco los pueden tocar las mujeres.


En definitiva, esta fue una guerra larga, que arreciaba, se apagaba y volvía a estallar. “A pesar de sus muchos años de duración, nunca he oído que alguien intentase escribir su historia. En Europa existen largas estanterías de libros dedicados a todas sus guerras, archivos llenos de documentos y salas especiales en los museos. En África, no hay nada parecido. La guerra, incluso la más larga, desciende de prisa a la zona de la no-memoria y cae en el olvido. Sus huellas desaparecen al día siguiente: a los muertos hay que enterrarlos enseguida y en el lugar de las chozas quemadas hay que levantar otras nuevas“. En palabras del autor, “aquí la historia aparece de repente, cae como un dios ex machina y desaparece sin dejar rastro“.


Como recuerda Kapuscinski, esta guerra, que ha empezado bajo lemas muy nobles, como un drama de un país joven, con el tiempo se ha degenerado y se ha convertido en una contienda entre diversas castas militares en contra de su mismo pueblo, en una guerra de hombres armados contra otros indefensos. “Fue una guerra por un puñado de maíz o un cuenco de arroz“.


Café y Libros:

1. En el tiempo de las mariposas


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