2012 | 424 pág. | Alfaguara | Claraboia | 9788420411095

 

Aunque solo ha salido a la venta más recientemente en Portugal y España, la novela “Claraboya“, de José Saramago, fue concluida en la primera semana de enero de 1953. Entregada bajo el seudónimo de Honorato a una editorial, a través de un amigo, nunca obtuvo respuesta hasta que, décadas después, su autor fue galardonado con el Nobel de la Literatura. Contactado, el autor prohibió su publicación y exigió su devolución. Durante 58 años, el original pasó por varias manos hasta que Saramago lo ha recuperado y guardado hasta la fecha de su muerte.


 “Pero no quería atarse porque, entonces, sería confesar la inutilidad en la que vivía. ¿Qué había ganado haciendo un rodeo tan largo para, al final, llegar al camino que seguían otros y que absolutamente no deseaba? “¿Me querían casado, fútil y tributable?”, se preguntó Fernando Pessoa. “¿Es esto lo que la vida quiere de todo el mundo?”, se preguntó Abel”


Impresiones:Claraboya” acerca el lector a la vida cotidiana de los vecinos de un edificio de dos plantas, ubicado en Lisboa, durante la primera mitad del siglo XX. El bajo derecho está ocupado por Silvestre y Mariana, que cumplen 30 años de casados. Él es zapatero de profesión y presenta una figura algo similar a la de Don Quijote, mientras ella lleva la bondad y la franqueza en los ojos. En la puerta de enfrente viven Carmen, Emilio y su hijo pequeño Henrique, que atraviesan momentos duros en su matrimonio. Emilio es rubio, de un rubio pálido y distante, y su sonrisa sarcástica no contrasta con sus palabras, mientras Carmen, la gallega, se pierde constantemente entre el castellano y el portugués. Subiendo las escaleras, el lector se encuentra con Justina, de ojos negros, graves y serios, que lleva en sus trajes el luto por la muerte de su hija pequeña, y Lidia, una mujer joven que emana una seducción absorbente. Ya en el segundo y último piso viven Anselmo y Rosália, actores de la comedia de los engaños protagonizada por su hija Claudia; además de dos hermanas, Isaura y Adriana, y dos viudas que la vejez ya tranquilizó, en concreto Cândida y Amélia, que viven encerradas entre ventanas sin horizontes.


Asimismo, en cada capítulo, el lector se adentrará en la intimidad del hogar de cada una de estas familias sui generis, conociendo de cerca sus conflictos, murmurios y inquietudes diarias.  Pero, lo más curioso, es que precisamente el personaje que viene a completar este elenco, un hospede que se ha instalado recientemente en la habitación vacía de la casa del zapatero, Abel, guarda similitudes con el propio autor. Abel, de espirito libre, desasosegado e inconformista, guarda bajo la lengua trozos de los versos de Shakespeare, cuestiona cada pensamiento de los libros que le acompañan en sus veladas nocturnas y vive aprisionado por la desconfianza y el pesimismo. Sin embargo, y como no podría ser de otra manera, las reflexiones filosóficas que atormentan Abel expresan la reconocida capacidad de escritura de Saramago. Por ejemplo, en su constante búsqueda del sentido oculto de la vida, las cuestiones existenciales estampadas en su mente se mezclan con la poesía magistral de Fernando Pessoa. Y esto me conduce, inevitablemente, a preguntar si no son estas líneas el origen de intenciones ocultas que más tarde se materializarían en su novela “El año de la muerte de Ricardo Reis” (1998).


La novela está escrita en una prosa más convencional a la que nos acostumbró Saramago (contiene puntuación, diálogos,..), aunque se pueden encontrar algunos rasgos de lo que definiría, más tarde, al nobel de la literatura: el vocabulario es extremamente rico y variado, los personajes están muy bien descritos y perfilados, y en las descripciones no se pierde ningún detalle. En igual línea interpretativa, el ritmo de la historia se mantiene constante a lo largo de las páginas y crea la impresión general de ser un poco lento. Pero también es cierto que tal ayuda el lector a emprender un viaje a otros tiempos, saborear expresiones idiomáticas olvidadas y absorber todo lo que sus ojos no pueden ver pero que la mente proyecta de manera singular.


Sentado lo anterior,puedo decir que “Claraboya” no me ha decepcionado, sino que hasta me ha sorprendido. Si en las primeras páginas transmite al lector la idea de que se encontrará con un argumento que girará en torno al cotilleo y las intrigas entre vecinos, con el voltear de las hojas no se acercará más que a la monotonía y banalidad de vidas gastadas por el tiempo y la costumbre. Sin embargo, tampoco se puede decir, en mi opinión, que sea una obra maestra. “Claraboya” es más bien una novela que, como Lisboa sumergida en la neblina matinal, deja en el aire partículas de significados olvidados, e invita claramente a la lectura de su libro “El año de la muerte de Ricardo Reis“.

 

José Saramago (1922, Santarém, Portugal – 2010, Lanzarote, España), hijo y nieto de campesinos sin tierra, nació en la aldea de Azinhaga. Sus padres emigraron a Lisboa cuando aún no había cumplido dos años de edad. La mayor parte de su vida transcurrió, por tanto, en la capital, aunque hasta el comienzo de la edad madura fueron numerosas, y a veces prolongadas, sus estancias en la aldea natal. Hizo estudios secundarios que, por dificultades económicas, no pudo proseguir. Su primer empleo fue de cerrajero mecánico, habiendo ejercido después diversas profesiones: delineante, funcionario de sanidad y de previsión social, traductor, editor, periodista. Publicó su primer libro, una novela, Terra do Pecado, en 1947, habiendo estado después sin publicar largo tiempo, hasta 1966. Trabajó durante doce años en una editorial, donde ejerció funciones de dirección literaria y de producción. Colaboró como crítico literario en la revista Seara Nova. En 1972 y 1973 formó parte de la redacción del periódico Diário de Lisboa, en el que fue comentarista político, habiendo también coordinado, durante cerca de un año, el suplemento cultural de aquel vespertino. En 1982 publicó “Memorial del convento” y dos años más tarde, “El año de la muerte de Ricardo Reis”. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1998, siendo el primer escritor portugués en conseguirlo. Ha sido distinguido por su labor con numerosos galardones y doctorados honoris causa, y ha recibido el Premio Luís de Camões, equivalente al Premio Cervantes en los países de lengua portuguesa. Su obra está considerada por los críticos de todo el mundo como una de las más importantes de la literatura contemporánea. Pasó sus últimos años en su casa de la isla española de Lanzarote (Canarias), al lado de su mujer Pilar del Río. (in Fundação José Saramago)

 

Clasificación:  Una novela más convencional