Aleph, de Paulo Coelho (2011):

“… vi tus lágrimas. Vi las lágrimas de tu dulce mujer, cuando aquel lector anónimo pronunció el nombre de una capilla perdida en algún lugar del mundo. Te quedas te sin voz. Tu rostro sonriente se puso serio. Tus ojos se llenaron de lágrimas tímidas, que temblaban en la punta de tus pestañas, como si quisieran disculparse por estar allí sin haber sido invitadas. (…) Las palabras son lágrimas que fueron escritas. Las lágrimas son palabras que necesitan brotar. Sin ellas, ninguna alegría tiene brillo, ninguna tristeza tiene final“.