1998 | 528 pp. | Alfaguara | O ano da morte de Ricardo Reis | 9788420484372

 

¿Por qué El año de la muerte de Ricardo Reis? Cuando hace unos meses terminé la lectura de “Claraboya“, tomé consciencia que no podría quedarme indiferente ante las numerosas referencias hechas por José Saramago a la obra del poeta portugués Fernando Pessoa. Por ello, al instante, me propuse leer otra de sus novelas, en concreto aquella en que el mismo título invoca uno de sus múltiples, Ricador Reis. Lo que si no me había dado cuenta es que tendría delante de mis ojos una obra exquisita e imponente, tanto en contenido como en extensión, que me conduciría a un estado de hipnosis a la medida en que me adentraba en su argumento. Mi principal inquietud vendría marcada por la cuestión “¿Cómo voy a redactar mis impresiones sobre un libro tan rico y complejo, en que cada página tiene la capacidad de dibujar en mi mente un nuevo comienzo?”. Asimismo, me he puesto a investigar y, cuál fue mi sorpresa, cuando me deparé con una serie de tesis de doctorado escritas sobre distintos ángulos de interpretación, también ellos múltiples, de “El año de la muerte de Ricardo Reis“.


“… palabras inútiles, y eso aún es lo mejor que podemos decir de ellas, casi todas, realmente, hipócritas, razón tenía aquel francés que dijo que la palabra le fue dada al hombre para disfrazar el pensamiento, en fin, tenía razón, (…) lo más seguro es que la palabra es lo mejor que se puede encontrar, la tentativa siempre frustrada para expresar eso a lo que, por medio de palabra, llamamos pensamiento


Impresiones: El año de la muerte de Ricardo Reis“, publicado originalmente en 1986, es una novela laberíntica de ficción fingida, una pieza literaria magnífica, en la cuál José Saramago revisita las obras más importantes de la literatura portuguesa y procede al escrutinio de los acontecimientos históricos que marcaron el año de 1936. Si la prosa a la que nos ha acostumbrado el autor supone, casi siempre, un ejercicio de concentración y comprensión difícil de superar, en este caso concreto la ausencia de normas de sintaxis y la utilización de referencias intertextuales de naturaleza poética posicionan el lector más distraído (o menos familiarizado con la literatura lusa) en una encrucijada sin salida aparente. En cualquier momento, cuando menos se espera, Saramago deja caer una oda de Ricardo Reis, un poema de Fernando Pessoa, un verso de Luis de Camões o un fatídico titular de la prensa de la época. Sin embargo, y si su dedicación le permitir llegar hasta el final, su esfuerzo se ve ampliamente compensado por la profunda imaginación y creatividad intelectual presente en la novela. 


En un primer momento, Saramago rescata de las múltiples personalidades de Fernando Pessoa al único heterónimo cuya fecha de defunción no venia establecida en su biografía, invitándole a visitar la ciudad de Lisboa tras años de exilio en Brasil. Ricardo Reis, el médico monárquico educado por los jesuitas, fue también, curiosamente, el heterónimo que presentó más similitudes con su creador, tanto en el aspecto físico como en pensamiento, lo que permite a Saramago personificar en su sombra el propio Fernando Pessoa, que ha fallecido precisamente en el año en que nuestro protagonista desembarca en el puerto lisboeta y los periódicos dan cuenta de la noticia. Y aquí empieza la historia; las aventuras de un poeta estoico y solitario, que denota una intensa serenidad en la aceptación del relativismo de lo que le rodea (“Ricardo Reis es un espectador del espectáculo del mundo, sabio si eso es sabiduría, ajeno e indiferente por educación y actitud“) y un profundo conflicto interior (“le falta…una luz ante él”, “porque es innumerables yoes, según su propia manera de entenderse”). Es muy probable que el sentido de su existencia lo haya arrebatado su creador y amigo; en numerosas ocasiones hay indicios disfrazados de su confluencia en un todo unificado: uno ya no sabe leer, el otro comienza repetidamente por leer la primera página de su libro de cabecera. “Recuerda que allí se sentó en otros tiempos, tan distantes que llega a dudar si los vivió él mismo, O alguien por mí, tal vez con igual rostro y nombre, pero otro“.


Como si todo esto no fuera ya suficiente y sumamente exigente, tras la instalación del protagonista en el antiguo Hotel Bragança, Ricardo Reis recibe la visita de Fernando Pessoa, con quien mantiene encuentros ocasionales y diálogos aparentemente absurdos, pero a la vez irónicos y metafóricos (“Explique mejor esa tan divina y tan humana confusión, Según la declaración solemne de un arzobispo, el de Mitilene, Portugal es Cristo, Y yo que creía que había ido demasiado lejos cuando en Mensagem llamé santo a Portugal, ahí está, San Portugal, Siendo así, necesitamos urgentemente saber qué virgen nos parió, qué diablo nos tentó, qué judas nos traicionó, qué clavos nos crucificaron, qué tumba nos oculta, qué resurrección nos espera”). Otro ejemplo ilustrativo de su estilo mordaz y satírico, se revela en una de las muchas divagaciones emprendidas por el protagonista que no puedo pasar por alto:


“los parados, con su tenderete colgando del cuello, ofreciendo postales ilustradas, no se trata precisamente de vender, primero reciben la limosna, entregan después la postal, es una manera de salvar la dignidad, éste no es un pedigüeño ni es pobre de pedir, si pide es sólo porque está sin trabajo, pero aquí tenemos una idea excelente, ponerles a todos los parados una bandeja al cuello y una tira de tela negra que diga, con todas las letras, y blancas para más resalte, Parado, así se facilitaba el recuento y evitaban que los olvidáramos.”


Sentado lo anterior, se podrá decir que Saramago vuelve a ese género entre la crítica social y las reflexiones de calado sobre la efimeridad de la vida y las intermitencias de la muerte, aunque esta vez revestido de un lirismo sorprendente. Es como se hubiera idealizado una obra de teatro, en cuyo escenario estuvieron los actores de una Europa convulsa (el Fuher, Mussolini, Salazar, el General Franco, etc.), y en la platea Ricardo Reis y los humildes servidores que lo acompañan. Entre ellos, cabe destacar la figura de la débil e infeliz Marcenda, su amante platónica, y de la pobre y conformada Lidia, cuyo nombre comparte con una de sus tres musas inspiradoras (“Lo que no esperaba es que usted fuera tan persistente en amores, es notable que el hombre voluble que cantó a tres musas, Neera, Cloe y Lidia se haya ligado carnalmente a una, y ahora dígame, no se le han aparecido las otras“). Como se puede apreciar, las semejanzas entre la realidad y la ficción no son una mera coincidencia, sino que, más bien, ponen de manifiesto un profundo conocimiento y análisis reflexivo de la enigmática personalidad del poeta que era un fingidor, y de una sosegada ciudad cerca de un río cargado de historia.


Dicho todo esto, y sin pretender extenderme demasiado, solo me queda recomendaros vivamente su lectura. En mi opinión, la novela es en si misma un desafío a los apreciadores de la literatura escrita con mayúsculas y una aclamación de la maestría literaria del nobel; un texto sublime que nos hace reflexionar sobre la calidad e intemporalidad de los grandes clásicos por su simbolismo. En suma, una experiencia inestimable, que se consuma sobre todo cuando se elije la siguiente lectura y se constate que esta se queda pequeña, incapaz de completar el “vacío” producido tras el último adiós de Ricardo Reis.

 

Clasificación: Una producción literaria inolvidable, que ha aumentado mi admiración por el escritor. ¡¡Imprescindible!!


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