2009 | 224 pp. | Debolsillo | The Road | 9788483468685

 

¿Por qué La carretera? Me encontraba desorientada a mitad de “La carretera“, la décima obra de Cormac McCarthy (y otra recomendación de @gancedo), cuando numerosas noticias y artículos de opinión daban cuenta de la decisión del jurado de declarar desierto el Premio Pulitzer a la literatura de ficción, por primera vez desde 1977.


Lecho rocoso, este. El frío y el silencio. Las cenizas del mundo difunto trajinadas de acá para allá por los crudos y transitorios vientos en el vacío. Llevadas, esparcidas y llevadas de nuevo. Todo desencajado de su apuntalamiento. Sin soporte en el viento cinéreo. Sostenido por una respiración, temblorosa y breve. Ojalá mi corazón fuese de piedra.


Impresiones: Una carretera que atraviesa de norte a sur un país fantasmagórico, en el que una densa y opresiva capa de ceniza se convierte en la tumba de los muertos y en el lecho penoso de los vivos. Un padre y su hijo, sin nombres, ni apellidos. Dos vidas pasadas y futuras huérfanas de recuerdos, sueños y esperanza. Y un lector (yo), también él atrapado en el medio de este devastador paisaje grisáceo, que intenta convencerse de que ha resistido al magnetismo disfrazado de la prosa de Cormac McCarthy. Pero, esa certeza es tan ilusoria, como el argumento narrativo de la novela.


Desde mi punto de vista, “La carretera” parte de una historia menuda, pero él que entre a recorrerla se verá obligado a apresurar el paso para cortar la meta. Y es que este libro, a través de un lenguaje sencillo, conjuga y opone, de manera singular, dos temas delicados e “indescifrables” que no dejan a ningún lector indiferente: la muerte y el amor y capacidad de sacrificio de un padre por su hijo (“Se quedó acostado mirando al chico junto al fuego. Quería ser capaz de ver. Mira todo esto, dijo. No hay un solo profeta en la larga crónica de la Tierra que no encuentre aquí hoy su razón de ser.“). Asimismo, con un estilo narrativo eficaz, pero también indisciplinado, McCarthy se propone reavivar en el lector ese sentimiento de impotencia y temor a la muerte, además de instigarle sutilmente a reconsiderar su participación en una Humanidad cada vez menos solidaria. Página tras página, el lector es, por lo tanto, bombardeado, hasta la extenuación, con una muy interesante mezcla de desolaciones humanas y ternura, que fácilmente produce sensaciones desencontradas. Todo esto porque, a primera vista, parece inconcebible que un relato continuo y monótono, forjado a partir de redundancias descriptivas y diálogos planos, pueda convertirse fácilmente en una lectura adictiva. Sin embargo, en mi opinión, es precisamente en esa agria colisión entre lo mejor y lo peor de la especie humana que reside su secreto.


Sentado todo lo anterior, podría decirse que “La carretera” es, sin duda, una novela osada, capaz de dejar el corazón del lector comprimido de la primera a la última página. Un texto brutal y minimalista, por esa crueldad descarnada que puede desalentar los lectores más sensibles a aventurarse con su lectura, pero, a la vez, tierno y conmovedor, principalmente por los silencios y sentimientos implícitos en el discurso del chico que nos permiten avanzar en la lectura sin que se apague esa mínima ristra de esperanza en la vida. Desde luego, muy recomendable para los que hayan disfrutado de la angustiosa atmósfera recreada por David Vann, en su novela debut “Sukkwan Island“.

 

Comarc McCarthy (Providence, 1933), se trasladó con cuatro años a Knoxville, y estudió Humanidades en la Universidad de Tennesee, estudios inconclusos pues ingresó en la Fuerza aérea en la que estuvo cuatro años. Tras ello, marchó a Chicago comenzando a publicar en 1965. Viajó dos veces por Europa gracias a sendas becas, y se casó tres veces. Tras su último matrimonio se fue a Nuevo México, no conociéndose muchos datos de él por la celosa reserva de su intimidad. Trabaja también como guionista cinematográfico, y varias de sus obras han sido adaptadas al cine. Ha obtenido varios premios, destacando el Pulitzer de novela de ficción en el año 2007.

 

Conclusión: Un texto áspero capaz de producir sensaciones desencontradas, y que cuando se cierra, por última vez, brinda el lector con un sentimiento de infinita liberación