2008 | 155 pp. | Plot Ediciones | 9788486702847

 

¿Por qué Amarillo? Una recomendación de @LilVia, en la cual me sumergí con los ojos vendados.


“Tengo veinticuatro años y soy un anciano que agoniza, que se atraganta con su propia saliva, (…) que se tropieza con sus pies, que busca la salida última, que te tiene pánico a su propio nombre.” (relato “Abrazando recuerdos“, de Chusé Izuel)


Impresiones: En una de sus últimas cartas, Chusé Izuel (1968-1992) afirmaba tener la sensación de que siempre era tarde para todo. Tarde para “pasear por la ribera del ebro y ver agua y cielo y la ribera que no termina y escuchar el cierzo y aspirar profundamente y comenzar a temblar (…) y recordar y maldecir y seguir caminando y obligarte a fumar otro más y ver crecer la angustia y hablarte a ti mismo en voz baja y continuar hacia delante“. Pero sobre todo tarde para continuar resistiendo, para vivir, porque “la solead se ha convertido en una maldita fuerza que te oprime ambas sienes, y sientes dolor, verdadero dolor“. Y así, sin más, una noche el juego se acaba, el reloj se detiene, el bolígrafo se seca, los recuerdos se enfrían y las pesadillas que flotaban en el aire de un piso compartido en Barcelona se transforman en el ensueño angustioso de quienes, aún sin comprender, intentan perdonar tamaña rebeldía.


Y es, precisamente, debido a esa ausencia de tiempo – para acortar distancias, celebrar despedidas o, simplemente, fabricar el recuerdo de un último abrazo -, que las palabras empiezan a despegarse del paladar y a brotar como lágrimas de la punta de otro bolígrafo (esta vez lo de Félix Romeo), convirtiéndose en una mancha negra de letras olvidadas y sentimientos oprimidos en una amarillenta hoja de papel con olor a humo. Porque “el acto de escribir, el verdadero y único acto de escribir, consiste en echar toda la puta mierda” que se lleva dentro.


Puede que no todos lo perciban así, pero ahí estaba la clave que le permitiría reordenar su mundo o, quizá, sólo liberarse de la pesada carga deun secreto, de un gran misterio que jamás podrá ser resuelto: el suicidio de su amigo y joven escritor de veinticuatro años, Chusé Izuel. Y, Félix Romeo ha tenido el valor de no dejarla oxidar. En sus propias palabras, “el bolígrafo está hecho para llenar los huecos. El bolígrafo es una especie de cemento en la vida de la gente de la que escribe“. Entonces, bajo esta premisa, quita el polvo de la bolsa de plástico dónde guarda todas sus cosas (sus cartas, la grabadora, sus artículos, los artículo que escribieron sobre él, sus cuentos, los borradores de las novelas que quedaran por escribir, notas, papeles con apuntes y algunos ejemplares de “Todo sigue tranquilo“), en un intento de desecharse de la tristeza, ahuyentar la culpabilidad y, principalmente, resolver los vacíos; y reescribe su historia, sin prisa y sin atender al orden cronológico de los hechos. Tal vez porque esa magnitud física a la que llamamos tiempo también perdiera su sentido y relevancia.


Sentado lo anterior, podría decirse entonces que “Amarillo” es una especie de cuaderno íntimo. Una confesión susurrada, en la que Romeo entabla un largo diálogo ficticio con su amigo de infancia, buscando respuestas que le apacigüen el alma. Pero, es además un extraordinario y melancólico viaje por sus propios recuerdos; una doble lectura de la correspondencia y los textos de Izuel, ahora archivados en los fondos de El Día de Aragón, y El Periódico de Catalunya; y, una hermosa y traviesa despedida de “un genio enamorado perteneciente a una generación atormentada.


Por todo ello, sobraría decir que éste es un libro atípico. La historia que relata es compleja, personal y demasiado real. Y esto se ve también claramente reflejado en la estructura de la obra, que se inicia con la presentación de la publicación de “Todo sigue tranquilo” y algunos fragmentos de las críticas que se escribieron en su momento, y termina con uno de sus últimos relatos. Sin embargo, el proceso de reconstrucción de esta casi biografía no quedaría completo sin la transcripción exacta de una serie de notas necrológicas, capaces de ponerle los pelos de punta al lector, y de algunos pasajes de las reseñas que se han publicado a lo largo de su corta carrera literaria (como la de la obra “Suicidios ejemplares“, de Enrique Vila-Matas, en abril de 1991), que parecen pronosticar su trágico desenlace. Sin ningún género de dudas, todo esto demuestra la carga dramática a la que el lector tendrá que enfrentarse si decide aventurarse con su lectura, que en alguna ocasión le puede impedir conciliar el sueño. No obstante, también hay que decir que no siempre es así, puesto que, ya en las últimas páginas, la pluma del autor adopta un tono más alegre, a veces casi cómico, quizá producto de la disipación de los fantasmas del pasado. O, quizá, de la expiación de una culpa auto-impuesta.


En fin, “Amarillo” ofrece una experiencia irrepetible. Sin embargo, yo no me atrevería a recomendarlo a cualquiera, porque además de no estar hecho para entretener, luego resulta extremamente díficil soltarlo. Pero esto no quiere decir, de ninguna manera, que no aplauda la labor titánica y solitaria de Félix Romeo en indagar sobre un acto que “posee un elevado grado de atracción” y repulsa para el ser humano.

 

Félix Romeo Pescador (1968-2011), maño, cumplió condena de cárcel por insumisión durante año y medio. Colaboró como crítico literario en El Día, Diario 16, El Periódico de Aragón, Heraldo de Aragón, ABC y Letras Libres; dirigió durante cinco temporadas el programa cultural «La Mandrágora» de TVE y colaboró en RNE. Fue, además de un excelente y singular escritor, un divulgador y promotor del arte y la cultura en su acepción más amplia y auténtica. [In La Buena Vida – Café del Libro]

 

Conclusión: ¡Un encuentro brutal con la realidad! Una historia triste y apasionante, en partes iguales, digna de ser leída