2002 | 176 pp. | Alfaguara | The Dying Animal | 9788420465067


 (by Jordi Via): Crítico de literatura en diversos medios de comunicación, profesor de literatura en una universidad neoyorquina, le gustan las jóvenes estudiantes y acostarse con ellas si ya se han graduado (una regla que fijó hace unos quince años y que no ha roto jamás, aunque por temor a ser denunciado por acoso sexual). Él es David Kepesh, protagonista de tres novelas de Philip Roth: “El Pecho” (1972), “El Profesor del Deseo” (1977), y, la que aquí se reseña, “El Animal Moribundo” (2001). Debo decir que sólo he leído esta última y que tarde o temprano, a pesar de lo que cuento a continuación, leeré las dos primeras; porque si bien es cierto que David Kepesh me cae mal, también es cierto que todo lo que he sentido durante la lectura de esta novela ha sido “real”, y esa sensación llega gracias a Philip Roth, el mérito es sólo suyo; consigue que en algunos pasajes me excite, que en otros me enfade y discuta con este hombre “maduro” (ronda los setenta años cuando nos detalla parte de su vida), y, aunque me da cierto apuro admitirlo, también llego a estar de acuerdo con muchas de sus sentencias y logra que me sienta identificado con alguna que otra situación que narra y que me ha tocado vivir (y que conste que no hablo desde el resentimiento).


Pero la verdad es que no soporto a David Kepesh, lo siento, no aguanto su egotismo y autocomplacencia, la falta de tacto hacia los demás y, sobre todo, no aguanto los aires de superioridad que gasta tanto en el aspecto cultural como en el económico. Detesto la manera que tiene de hablar y tratar a las mujeres, casi mejor será omitir lo que pienso sobre la parte “importante” de la trama y que tiene que ver con Consuelo Castillo (la obsesión de Kepesh) y con el episodio que pretende ser el más transgresor que ocurre en la novela y que no es tan escandaloso como nos quiere vender David. Desde el principio se intuye que algo muy malo va a ocurrir, que las relaciones sexuales nos van a trastocar, pero, en serio, este tipo no hace nada que nos pueda sorprender excesivamente en ese aspecto, y el “quid”, esa parte tan importante de la trama, es algo que casi roza lo ridículo.


No sé si Philip Roth pretendía que David Kepesh cayese bien a los lectores, pero obviamente hay algo tendencioso en cada una de las conversaciones (tal vez sería mejor decir soliloquios) que mantiene con ese alguien al que nunca conoceremos (ni a él / ella ni ninguna de sus opiniones). Consigue justificar todos sus actos, así que casi me decanto por pensar que lo que en verdad mantiene David es una conversación en su mente y en estos casos, cuando eso ocurre, cuando discutimos con nosotros mismos, todos nos ocupamos de salir victoriosos a cualquier enfrentamiento y así obtener las respuestas que más nos convienen.


“Tengo un hijo de cuarenta y dos años ridículo. Ridículo porque es hijo mío, encarcelado en su matrimonio debido a que yo huí del mío, la importancia que eso ha tenido para él y la protesta contra mi vida personal que se ha obstinado en hacer suya. La ridiculez es el precio que paga por haber sido transformado demasiado pronto en un Telémaco, pequeño y heroico defensor de su madre desatendida. No obstante, durante los tres años en que sufrí accesos intermitentes de depresión, fui mil veces más ridículo que Kenny. ¿Qué quiero decir con la palabra ridículo? ¿Qué es la ridiculez? Renunciar voluntariamente a tu libertad, esa es la definición de ridiculez.”


¿Cómo no podemos comprender la actitud de su hijo?


A él y a su ex mujer los abandonó por líos de faldas en plena revolución sexual. Los juzgamos, igual que a todos los personajes que deambulan por “El Animal Moribundo“, por cómo los describe David. Lo que opinan los demás de él también nos llega a través de su propia voz, es un texto aborreciblemente subjetivo, no es nada duro consigo mismo; sale de rositas aun en la peor de las situaciones en las que se pueda involucrar o en las opiniones que llega a manifestar y me asusta comprender que hay mucho de él en mí.

 
 

“La única obsesión que todo el mundo desea: “amor”. ¿La gente cree que al enamorarse se completa? ¿La unión platónica de las almas? Yo no lo creo así. Creo que estás completo antes de empezar. Y el amor te fractura. Estás completo y luego estás partido. Ella es un cuerpo extraño introducido en tu totalidad. Y durante año y medio te esforzaste por asimilarlo. Pero nunca estarás completo hasta que lo expeles.”

 

 (by Offuscatio): El Animal Moribundo” es la primera novela que me leo de Philip Roth, pero no será la última. Sí, eso lo tengo claro. Lo difícil viene ahora cuando me siento delante de más de veinte teclas y no sé cuál pulsar para que las palabras broten con fluidez y le hagan justicia. Quizá, podría empezar por apropiarme de las palabras del autor para decir que, en estas páginas, se habla “del caos de Eros, de la desestabilización radical que es la excitación“. Sin embargo, “El Animal Moribundo” es mucho más que una novela de alto voltaje. Narrada en primera persona por su protagonista, su principal valor reside en la figura de un personaje narrador cercano, sólido y creíble: el profesor de escritura crítica y comentarista televisivo David Kepesh que, a sus sesenta y dos años, se obsesiona por una chica cubana de veinticuatro, Consuelo, y se ve obligado a replantear sus principios. Esta crisis existencial provocada por los celos, la incertidumbre y el temor a perderla da así lugar a un extenso, preciso e impresionante monólogo en el que Kepesh cuestiona las normas y convenciones sociales y, a la vez, reflexiona sobre la muerte y la vejez:


Hasta no hace muchos años existía una manera preconcebida de ser viejo, como existía una manera preconcebida de ser joven. Ya no prevalece ni una ni otra. Ha tenido lugar una gran lucha por lo permisible y se ha dado un gran vuelco. De todos modos, ¿debería un hombre de setenta años involucrarse en el aspecto carnal de la comedia humana? ¿Ser un hombre mayor que rechaza sin disculparse la vida monástica, todavía susceptible de excitarse humanamente?


Desde la revolución sexual de los años sesenta, pasando por el lado más oculto del arte francés del coqueteo, hasta el fracaso del matrimonio, todo parece estar enlazado a una verdad mayor: la hipocresía de las vidas falsamente felices, dibujadas con regla y escuadra para encajar en lo que se considera políticamente correcto. No obstante, nada de ello parece indicar que su propósito sea ofrecer una propuesta de liberación. Desde mi punto de vista, lo que logra Roth aquí, con su prosa cristalina, ácida y embriagadora, es sacudir los pilares morales por los que el lector camina sin apenas darse cuenta y obligarlo a reflexionar sobre ciertos comportamientos que son, de forma consciente o inconsciente, señalados con el dedo indicador bien estirado en el que las arrugas representan prejuicios e ideales fabricados por otros. Asimismo, pese a que Kepesh no esté trazado precisamente con la intención de que su discurso genere simpatía, en un determinado momento el lector es obligado a cambiar de posición con el protagonista, a ocupar el sillón del consultorio de un hipotético psiquiatra y a pronunciarse al respecto. Porque, cuando se llega al final, las dudas superan las certezas. O, como dice el narrador, porque “los argumentos a favor y en contra son lo que componen la historia, o bien impones tus ideas o bien te las imponen. Nos guste o no, ésa es la disyuntiva“.


Dicho todo esto, para mí, El Animal Moribundo” es una de esas lecturas obligadas y necesarias. Una novela concebida para desestabilizar y encerrar el lector en una hábil trampa que inevitablemente le recordará que él mismo, en algún momento, puede haber sido (o llegar a ser) tan egoísta – o ridículo – como Kepesh.