2011 | 312 pp. | Impedimenta | Saturday Night and Sunday Morning | 9788415130130

 

¿Por qué Sábado por la noche y domingo por la mañana? Carmen y amig@s ha vuelto a proponernos un desafío sumamente interesante, que dio comienzo el día 10 y continúa hasta el 16 de septiembre. Bajo el lema ‘Semana British‘, esta iniciativa tiene como objetivo promover el acercamiento a la literatura y cultura británicas.  En esta línea, he optado por sacar de la estantería un libro que ya llevaba algunos meses acumulando polvo. Me refiero a “Sábado por la noche y domingo por la mañana” (1958), de Alan Sillitoe, uno de los máximos referentes de la literatura obrera inglesa.


Era la noche de sábado, la mejor, la más juerguista y la más divertida de la semana. Uno de los cincuenta y dos días de fiesta en la Gran Rueda del año que tan lento gira; un preámbulo enardecido para un Sabbath de postración. Las pasiones contenidas explotaban cuando llegaba la noche del sábado, y el efecto de la dura y monótona faena de una semana en la fábrica se eliminaba del organismo en un estallido de cordialidad y buena disposición. Tu lema era emborráchate y disfruta (…)”


Impresiones: Sábado por la noche y domingo por la mañana” podría clasificarse como un documento histórico o una crónica social que sitúa el lector en Nottingham, en el centro de Inglaterra, entre fábricas de bicicletas y maquinaría en la década de los cincuenta. En sus páginas, Alan Sillitoe narra las tristes aventuras de Arthur Seaton, un bebedor consumado de veintiuno años, que se lía con mujeres casadas y se pierde, en los ratos libres, en los pubs y casas de apuestas de la ciudad. Su despreocupación y rebeldía son un grito a pleno pulmón contra el rumbo que tomó la vida de sus compañeros tras la guerra y el sistema político y productivo que sojuzgaba y embrutecía al proletariado:


A todos los pescaban de algún modo, y los que aún no habían caído, es que estaban a punto de hacerlo. En cuanto naces, al minuto de salir te atrapa el aire fresco contra el que berreas. Después te atan bien fuerte a una fábrica, te cuelgan del cuello una ametralladora y te enganchan a una mujer por el trasero. Más que nada eres como un pez: nadas por ahí sintiéndote libre y pensando en lo magnifico que es que te dejen en paz, haciendo todo el día tu santa voluntad y sin preocuparte de nada, y entonces, de repente: ¡zas!


No obstante, en mi opinión, la radiografía social y las problemáticas propias de una generación que el autor ha pretendido plasmar en esta extensa novela se ven eclipsadas por el fuerte y agrio olor a alcohol que humedece sus páginas. Capítulo tras capítulo, el narrador se detiene con esmero en la perfilación de personajes secundarios y la descripción detallada de episodios tormentosos (peleas, borracheras, actos de vandalismo,…) de los que el protagonista siempre sale ileso. Hasta que la “mala suerte” empieza realmente a pisarle los talones, la historia apenas avanza y lo más probable es que el lector sea invadido por un sentimiento de frustración, que podrá llevarle a cuestionar el abandono o no de la lectura. En cualquier caso, también hay una recompensa para todos aquellos que no dejan los libros a medias. En la segunda parte de la novela, la pluma del autor se vuelve más afilada, imprimiéndole un ritmo más ágil al relato.


De todos modos, no todo son debilidades (por decirlo de alguna manera). Exceptuando ese arranque tardío y la densidad del contenido, no deja de ser admirable la destreza del autor para dibujar un personaje que, al poco tiempo, es capaz de convertirse en un pariente lejano. Uno de esos familiares a los que (desafortunadamente) no está permitido tirarles de las orejas y pedirles responsabilidades.


Por otro lado, pienso también que, quizá, la incorporación de un prólogo en una posible reedición de la obra, que hiciera referencia al movimiento de los jóvenes airados británicos (“The Angry Young Men“) y al hecho de que el autor y el protagonista compartían mucho más que las iniciales de sus nombres, podría reforzar el interés del lector y suavizar su valoración. Es decir, en mi opinión, el pleno entendimiento y disfrute de la novela vienen determinados por los conocimientos que el lector posee sobre la situación y la fecha en que se sitúa la historia, y su contenido autobiográfico. En este sentido, no parece irrelevante mencionar que el mismísimo Alan Sillitoe había huido de la precariedad de la ciudad que sirve de escenario a la novela y recalado en España, Mallorca, donde Robert Graves – una especie de pope contracultural – se ha convertido en su mentor y le ha animado a publicar su primera obra.


En resumidas cuentas, “Sábado por la noche y domingo por la mañana” ofrece una lectura densa, pausada y, a la vez, tremendamente realista, envuelta en un ambiente asfixiante, cuyo ritmo lo marca el tic-tac del reloj. Una novela aún así recomendable, siempre que el lector sepa a qué se enfrenta.

 

Alan Sillitoe (Nottingham, 1928 – Londres, 2010), hijo de obrero no especializado, abandonó la escuela a los 14 y sólo empezó a escribir cuando, tras enfermar de tuberculosis en Malasia, la RAF le otorgó una pensión vitalicia. Sillitoe, gracias al éxito de “Sábado por la noche y domingo por la mañana” (1958) y “La soledad del corredor de fondo” (1959), fue uno de los pocos autores ingleses de origen humilde que lograría traspasar la recia malla de prejuicios del establishment literario.

 

Conclusión: Un registro lúcido de una realidad imperfecta que, aún hoy, parece resistir al paso del tiempo