2006 | 400 pp. | Alfaguara | 9788420471266

 

¿Por qué Plenilunio? Hoy no vengo aquí a hablaros de una novedad editorial, ni tampoco de una novela policíaca al uso; sino todo lo contrario. “Plenilunio“, publicado originalmente en 1997, ha sido mi primera experiencia con Antonio Muñoz Molina. Y, pese a las numerosas críticas que dudan de su excelencia, en mi caso ha sido una experiencia maravillosa por varios motivos.


Imaginaban un fantasma al que habían dotado con todos los atributos abstractos de la crueldad y el terror, y al mismo tiempo sabían, aunque difícilmente aceptaban pensarlo, que no era una sombra de película en blanco y negro, ni uno de los tenebrosos ladrones de niños de las leyendas de otros tiempos, sino alguien idéntico a ellos, soluble en las caras de la ciudad, escondido en ellas (…)”


Impresiones:  La definición de “plenilunio” del Diccionario de la Academia: “luna llena”, que a unos ahuyenta, y a otros alienta. Pero, a mí lo que más me interesa es esa imagen de un cuerpo amarillo pálido que, proyectado en la oscuridad de la noche, se percibe como un foco de luz interceptado por sombras foscas, que destilan melancolía y despiertan viejos recuerdos nublados por el tiempo (y, como diría Félix Romeo, “por el mal olor“). Porque lo cierto es que “Plenilunio” es una de esas historias repletas de episodios y personajes opacos, que deambulan por caminos trazados por otros, donde resulta imposible mirar hacía adelante sin tropezar, caer al suelo y ensuciarse con ese polvo que se deposita sigilosamente sobre las cosas antiguas. Dicho ambiente lo describe el narrador con claridad y acierto: “El invierno y el miedo, la presencia del crimen, habían caído sobre la ciudad con un escalofrío simultaneo, con un sobrecogimiento de calles silenciosas y desiertas al anochecer, batidas por una lluvia fría y por un viento grávido de olores a tierra que en el curso de una o dos noches derribó todas las hojas de los plátanos y los castaños“. 


El desencadenante de la acción es el brutal homicidio de Fátima, una niña de nueve años, en un pequeño pueblo del sur. La investigación está a cargo de un innominado inspector de la policía local, recientemente trasladado desde Bilbao, con dificultades en acostumbrarse a la ausencia del miedo y del peligro, a bajar la guardia y a liberarse de las viejas rutinas que lo mantuvieron a salvo (de otros, pero no de sí mismo) a lo largo de los últimos catorce años.


Sin embargo, todo ello podría resumirse a un artificio simbólico para atraer el lector hacía un paréntesis de reflexiones más profundas sobre la violencia y la extensión del miedo, la crueldad del terror, la vanidad sórdida en la cercanía de una desgracia, y otras miserias asociadas a la vida (y la muerte). Y es que, hasta el ecuador de la novela, la historia avanza con lentitud, y la resolución del caso se queda relegada a un segundo plano. En estas páginas, lo más relevante es la construcción intimista, silenciosa y casi clandestina de los personajes, capaz de dejar el lector en un estado de turbación y continua expectación. Desde mi punto de vista, el hecho de Muñoz Molina conseguir perpetuar a lo largo de toda la novela esa tensión psicológica, recreada a través de los miedos, secretos y obsesiones de los personajes y agravada por un augurio de muerte, es su sello distintivo.


Esta falsa monotonía se quiebra, sin embargo, cuando el asesino, ciego por una sensación de impunidad, rapta a una segunda víctima. A partir de aquí, la historia recobra un ritmo más ágil y más cercano a cualquier trama policíaca, pero sin salir afortunadamente de ese espacio donde el autor parece no encontrar fronteras que minimicen la inmensa desolación de lo inevitable.


Sentado todo lo anterior, es ciertamente dispensable decir que sumergirme en estas páginas ha sido todo un acierto. Con un estilo realista y una narración en la que predomina la rememoración, “Plenilunio” presenta una perturbadora radiografía de una sociedad en decadencia, plagada de unos personajes capacitados para seguir apareciendo una y otra vez en el imaginario del lector.

 

Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaen, 1956) cursó estudios de periodismo en Madrid y se licenció en historia del arte en la Universidad de Granada. Ha reunido sus artículos, reconocidos en 2003 con los premios González-Ruano de Periodismo y Mariano de Cavia, en volúmenes como “El Robinson urbano”. Su obra narrativa comprende, entre otros, “Beatus Ille”, “El invierno en Lisboa”, que recibió el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura, y “El jinete polaco”, que ganó el Premio Planeta en 1991. Desde 1995 es miembro de la Real Academia Española. Vive en Madrid y Nueva York y está casado con la escritora Elvira Lindo.

 

Conclusión: ¿Lo recomendaría? Pues sí, sin ninguna duda.

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