2011 | 96 pp. | Periférica | The Lost Boy: A Novella | 9788492865413

 

¿Por qué El niño perdido? He descubierto esta pequeña gran joya gracias a Daniel Espinar, del blog Miedo a la Literatura, y, consecuentemente, a los libreros de Tipos Infames, en Madrid. No obstante, su lectura resultó mucho más ligera que la redacción de esta entrada. Cuando la poesía y la prosa caminan lado a lado, las palabras se convierten en una composición musical, que se resiste a ser interrumpida por la toma de notas.


“Y a través de la maraña de recuerdos de un hombre, desde el bosque encantado, el pobre niño de ojos oscuros y rostro sereno, extranjero en la vida, exiliado de la vida, hace mucho tiempo perdido como todos nosotros, una cifra de los laberintos ciegos, mi pariente, mi hermano y mi amigo, el niño perdido se había marchado para siempre y no regresaría nunca jamás.”


Impresiones: El niño perdido” es una brevísima novela (auto) biográfica escrita en 1937, en la que Thomas Wolfe procede a la reconstrucción de los últimos pasos de su hermano Grover en la ciudad de Saint-Louis. Para ello, el autor se apodera de pequeños y dispersos recuerdos familiares y los convierte en una galería de sensaciones y emociones difusas que el lector degustará con deleite, sin pausas, pero sin prisas.


En última instancia, poco importa saber lo que el destino le tenía reservado a ese niño tímido y de buenos modales con una mancha de nacimiento en el cuello, una vez que lo que se ofrece es un placentero y fascinante paseo por los escarpados senderos de la memoria, bajo un cielo salpicado de nubes de nostalgia, que transcurre al compás de una pieza sinfónica interpretada por una orquesta de poetas.


Cogido de la mano del narrador, el lector recorre a pie así cada rincón de una plaza de viejos edificios de una arquitectura mal conjugada, aplastando la nariz contra los escaparates de las tiendas de otra época, donde relucen las nuevas máquinas de coser de Singer, perfectas herramientas geométricas, pianos, sillas de barbero y molinillos de café. El aire impregnado con el aroma del chocolate. A continuación se sube al tren que conducía los viajeros al escenario de la Exposición Universal de 1904 para contemplar la quietud del paisaje primaveral de Indiana, hasta que un susurro maternal rompe el silencio y lo rescata de ese estado de ensoñación, devolviéndole a la cruda realidad:  “..¿Recuerdas cómo era?…Bueno, supongo que eras muy joven..El otro día estuve mirando esa fotografía...”. Y, aunque Thomas Wolfe lo recuerde vagamente, la ciudad que se irgue delante de sus ojos se define ahora por la ausencia de los contornos, los colores, los olores y los sueños de una juventud perdida.


Se siente como se siente uno cuando regresa y sabe que no debería haber viajado hasta allí, cuando se da cuenta de que, después de todo, la avenida King es sólo una calle, y que Saint Louis – ese nombre encantado –  es sólo una ciudad grande y calurosa, junto al río, una ciudad no tan al sur que se ahoga en medio de un calor húmedo y tedioso, y que no hay nada que pueda hacerla mejor.”


Escrita con elegancia y sensibilidad, “El niño perdido” es, en mi opinión, una historia deliciosa y cautivadora, construida a partir de cuatro relatos fragmentarios que aluden a un momento único e inolvidable que creó una bifurcación perpetua en la vida del escritor. En definitiva, un libro cálido y recomendable para leer de principio a fin en una lluviosa y fría tarde de otoño.

 

Thomas Wolfe (Asheville, 1900 – Baltimore, 1938) es considerado como uno de los más importantes narradores norteamericanos de la primera mitad del siglo XX. Admirado por sus coetáneos, William Faulkner (quien dijo de él que era el mejor escritor de su generación) y Sinclair Lewis (que incluso lo citó en su discurso de recepción del Premio Nobel), su reconocimiento llegaría con “El ángel que nos mira” (1939) que obtuvo gran resonancia en su país y en buena parte de Europa.

 

Conclusión: La novela de los sentidos …