2009 | 312 pp. | Mandadori | Disgrace | 9788439722342

 

¿Por qué Desgracia? Tal día como hoy de 1999, J. M. Coetzee se proclamó, por segunda vez, ganador del premio Man Booker de ficción, el más importante de las letras en inglés, con su novela “Desgracia“.


“Cuanto más cambian las cosas, más idénticas permanecen. La historia se repite, aunque con modestia. Tal vez la historia haya aprendido una lección.”


Impresiones: Desgracia” es, en mí opinión, una novela sombría de calidad excepcional. En las primeras páginas, el autor empieza por presentar a David Lurie, antiguo profesor de lenguas modernas en la Universidad Técnica de la Ciudad del Cabo. Un hombre de mediana edad, divorciado y desencantado con la vida, que se aferra a una relación estéril con una joven alumna de su curso de poetas del romanticismo, quizá para retrasar su propio declive. O, quizá, para rescatar ese fugaz recuerdo de sus buenos tiempos, cuando todavía no se había convertido en una presencia fantasmal que tenía el acceso vedado a la belleza y al derecho del deseo. Hasta este punto, resulta imposible no detectar ciertas similitudes entre la voz de David Lurie (o, mejor dicho, de un narrador omnisciente) y la de David Kepesh, el protagonista de “El animal moribundo” de Philip Roth. Hay frases en uno que podrían estar en el libro del otro (“Porque la belleza de una mujer no le pertenece solo a ella. Es parte de la riqueza que trae consigo al mundo, y su deber es compartirla“). Pero, afortunada o desafortunadamente, Desgracia” va más allá de la diferencia de edades entre un hombre y una mujer, la hipocresía de las vidas falsamente felices y la carga erótica, para plantear una profunda reflexión sobre las heridas del apartheid en Sudáfrica.


La narración de esa corta aventura “en una ciudad pródiga en belleza y enamoramientos” y su desdichado desenlace le sirve para conducir hábilmente el lector, por caminos rurales, hacía un rincón apartado del mundo, donde vive su única hija, Lucy. Sin embargo, la flecha orientadora de su brújula también parece haberlo traicionado. Ahí no encuentra un retiro idílico para rehacer su vida y escribir la tan soñada ópera sobre Byron, sino un enclave en el que la resignación, la sumisión y el silencio se han convertido en comportamientos para garantizar la supervivencia. Y, desde mi punto de vista, este acontecimiento marca un punto de inflexión en la experiencia lectora. Todo lo que el lector conoce hasta ese momento pierde importancia; el verdadero reto consistirá en digerir el acuerdo tácito que se establece entre quien “habla” y quien “calla”, la lucha de poder entre personajes principales y secundarios (ya sean padres y hijos, negros y blancos, hombres y mujeres).


“Lo que existe ha de estar en circulación, de modo que el mundo tenga la ocasión de ser feliz al menos un día. Esa es la teoría: aferrate a la teoría, a los consuelos de la teoría. No es una maldad de origen humanos, sino un vastísimo sistema circulatorio ante cuyo funcionamiento la piedad y el terror son de todo punto irrelevante. Así es como hay que considerar la vida en este país: en sus aspectos más esquemáticos (…) Coches, zapatos, tabaco; también las mujeres. Ha de haber algún hueco dentro del sistema, un huevo para las mujeres y lo que les sucede.”


Así, pues, no creo que ningún lector pueda salir ileso de esta lectura. Algunos fragmentos consiguen dejarle ciego de cólera o producirle una angustia genuina. Desde la primera a la última página, existe una interacción constante entre el narrador y el lector. Dicho esto, resulta evidente que su triunfo no radica únicamente en la sensibilidad del contenido abordado, sino también en su capacidad para atrapar y envolver el público, guiándole a través de una galería de dilemas ingeniosamente ubicados y trabajados. Un ejemplo claro de esto está en la curiosidad por saber lo que Lurie prefirió no conocer antes de abandonar la universidad, o en la exigencia de una reacción por parte de Lucy.


En suma, “Desgracia” es una obra imprevisible, peligrosa y, a la vez, intensamente realista, que deja más preguntas en el aire que respuestas en el papel. Se alcanza la última página, se vuelve a abrir y todo sigue sereno y silencioso. Los personajes siguieron su camino, pero el lector, casi petrificado, se resiste a abandonar el escenario.

 

John Michael Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) es licenciado en Matemáticas y Filología Inglesa por la Universidad de Ciudad El Cabo y doctorado en Lingüística por la  Universidad de Texas. Fue profesor de Literatura Inglesa en la Universidad de Nueva York, en Buffalo, y a su regreso a Sudáfrica lo fue de la misma disciplina en la Universidad de Ciudad El Cabo. Tras jubilarse en el año 2002, fijó residencia en Adelaida, Australia. Ha recibido numerosos honores universitarios y premios literarios, destacando dos veces el Booker y el Nobel de Literatura en el año 2003.

 

Conclusión: Una novela imprescindible, que no debería haber tardado tanto en aterrizar en esta biblioteca