Tierra de caimanes, de Karen Russell (2012):

Kiwi pensó que, para él, el cielo sería la sala de lectura de una gran biblioteca. Pero tendría que ser privada. Acogedora. Sin que hubiera que preocuparse de si algún bibliotecario con zapatos chirriantes te apagaba la luz por cara o evaluaba tu alfabetismo fijándose en los lomos de los libros que habías tomado. Tampoco habría ningún usuario más.  Todo estaría sumido en un sosiego libresco que se derramaría suavemente sobre él como franjas de luz blanca …