«En agosto del año 2010, reliquias inesperadas empezaron a surgir, a bajo precio, en las estanterías de viejo de la librería Strand, en Nueva York. Tras algunas coincidencias y notas comparadas, centenas de libros profusamente subrayados y marcados con una misma caligrafía terminaron siendo identificados como parte integrante de la biblioteca del autor estadounidense David Merrill Markson (autor de “Wittgenstein’s Mistress“, la novela preferida de David Foster Wallace). Markson, durante décadas un discreto pero asiduo cliente de Strand, decidió devolver su biblioteca personal al mismo lugar de donde fue sacada, quizá con el objetivo de disiparla por la ciudad en vez de confinarla a una institución académica.


Gracias a Internet, la reducida pero, a la vez, diligente comunidad para quien Markson se había convertido en un autor de culto lanzó manos a la obra, mediante la organización de una informal tarea de recopilación y catalogación, que culminó con la difusión de verdaderas joyas literarias. Los márgenes de una novela de DeLillo (“Ruido de fondo“, curiosamente la segunda novela preferida de Foster Wallace) desnudaban las cicatrices del Markson-lector: “¡Por Dios!”, “tedio...”, “ya lo hemos entendido en páginas anteriores, ahora empieza a tornarse aburrido“, “horrible“, “tretas“, “¡qué pomposidad!“. La obra seminal de Camille Paglia, “Sexual personae. Arte y decadencia desde Nefertiti a Emily Dickinson“, tuvo la misma suerte. Junto a un párrafo en el que Paglia afirma “vi con mis propios ojos los cambios humillantes que la vida opera en la personalidad de quién sucumbe al glamour“, Markson había garabateado un adorablemente pueril “¿Ah sí? ¡Fascinante!“.

Kingsley Amis insinuó una vez que el vocabulario critico ideal debería ceñirse a cortas variaciones sobre los términos “muy bueno”, “bueno”, “malo” y “horrible”. La ancestral tradición de la nota al margen se ha revelado, desde sus orígenes, como un instrumento rudimentario de la critica literaria. El gran maestro de la forma, Coleridge, utilizó en numerosas ocasiones los márgenes de los clásicos como punto de partida para sus largos ensayos. Entre su marginalia (que ocupa seis volúmenes de obra completa), la más divertida para el lector contemporáneo es, quizá, la que dedicó a su cuñado, el poeta Robert Southey, cuyas cuestionables calidades líricas exigieron una elaborada etnografía de indignación: un glosario final desvela que los múltiples “LM”, “IM” y “SE” escritos en los márgenes de los poemas se correspondían respectivamente a “ludicrous metaphor” (metáfora ridícula), “incoherent metaphor” (metáfora incoherente) y “Southey’s English” (“inglés de Southey”, que una nota posterior clarifica como “not English at all“).


Hace algunos años, la Biblioteca Pública de Nueva York organizó una exposición dedicada a la emblemática marginalia. Entre las joyas presentadas se contabilizaban algunos ejemplos de epifanías repletas de consecuencias. Un ejemplar de un libro de viajes de Thoreau, por ejemplo, robado de una biblioteca municipal por el adolescente Jack Kerouac, exhibía una mancha gráfica: un triunfal signo afirmativo al lado de la frase “el viajero debe renacer de nuevo a lo largo del camino“. Otra de las preciosidades de esta exposición representaba el lado opuesto, socialmente competitivo, de la experiencia lectora; un ejemplar de “Swinburne“, perteneciente al expolio de Ezra Pound, contenía una severa advertencia en la contraportada: “Un idiota fue propietario de este libro antes de que él llegara a mis manos. No soy responsable de las imbecilidades escritas de su puño y letra“.

Uno de los objetos más intrigantes de mis estanterías [las de Rogério Casanova] (adquirido en una de las subsidiarias de Amazon especializada en libros en segunda mano) es un ejemplar de “Against the American Grain“, antología de ensayos del crítico cultural norteamericano Dwight Macdonald. Aunque no esté firmado, el libro llegó a mis manos con marcas evidentes del viaje. La tinta negra, el amplio bagaje cultural y el inconfundible tono de superioridad confirman que alguien marcó con ahínco todos los deslices documentales y gramaticales del autor: “Oops, Dwight es ligeramente tonto en este punto“, “ah, al final no estaba familiarizado con la historia de schwa“, “no me puedo creer que no haya leído a Lucrécio“, etc. Pero un segundo lector, propietario de un lápiz más educado, transformó la obra en un triple palimpsesto: sus notas solamente hacen referencia a lo que escribió el primero, en la mayoría de los casos con el propósito de desmentirlo y así validar el original. Sin embargo, en las últimas páginas del libro, las notas desembocan en una inequívoca exasperación que culmina con la devastadora pregunta retórica que se ha convertido en el mejor ejemplo de marginalia que he encontrado hasta hoy: “Si de veras eres tan inteligente que Dwight, ¿por qué no fue él quien dejó alguna nota en tu libro?


Además de producir el frisson típico de cuándo se asiste a una reunión familiar, la nota ilustra también una lección de humildad para todos aquellos que se han acostumbrado – como recomendó Nabovok – a leer con un lápiz en la mano.  Si la costumbre de escribir en los márgenes de lo que leemos representa un deseo inconsciente de tener la última palabra, deberemos prepararnos para los marginales que vendrán a continuación.»

 

texto de Rogério Casanova publicado en la Revista Ler nº118

noviembre 2012

(traducción propia)