El señor Calvino (El barrio)


Tras la exposición de una de las disertaciones enciclopédicas proferidas por el señor Henri (Micheaux) sobre el microscopio y la democracia, hoy os traigo la traducción propia de un simpático episodio protagonizado por otro singular residente de este barrio literario creado por Gonçalo M. Tavares:


Calvino tenía en sus manos un libro cuya tapa estaba ya completamente descolorida por el sol. Lo que antes era un color verde-oscuro estaba ahora transformado en un verde tranquilísimo, casi transparente. Miró los demás libros en la estantería. Todos estaban a perder su color original, como si la luz del sol masticase o royese  – sí, aquello parecía el trabajo de un roedor sutil – la tapa de los libros. (…) Miró de nuevo la estantería y las tapas sin color y súbitamente lo entendió: el origen primero del fenómeno, los verdaderos motivos de aquel acontecimiento que alguien podría clasificar, superficialmente, como un acontecimiento químico. Pero no era así tan sencillo. Calvino no estaba ante una mera alteración de sustancias, había allí voluntad, una voluntad fuerte que se diría munida de músculos frágiles. Y esa voluntad insuficiente provenía del sol: el sol quería abrir los libros, su luz se concentrava, con toda la potencia, en la tapa de un libro porque quería abrirlo, quería entrar en la primera página, leer las narrativas, reflexionar a partir de las grandes frases, emocionarse con los poemas. El sol quería, sencillamente, leer, lo ambicionaba como un niño que está a punto de entrar en la escuela.


Calvino meditó. De hecho, no recordaba haber visto una única vez un libro abierto al sol en una de sus páginas. Bien vulgar era que alguien, al aire libre, dejara un libro en una mesa o en un banco de jardín (o hasta en el suelo), pero siempre, comprendía ahora Calvino, siempre con las duras tapas limitando su contenido, restringiendo el acceso a las primeras palabras.


Era el momento pues de alguien actuar. Era el momento de alguien retribuir ese toque cariñoso que en ciertos días la luz del sol proyectaba en el rostro del hombre, tranquilamente, pero como salvándole de una gran tragedia, del desespero, por veces hasta del suicidio.


Calvino miró de nuevo los libros en la estantería contemplada por el sol. Rápidamente pasó los ojos por los lomos. Estaba a elegir un libro para alguien leer. Con una atención profunda elegía el libro más apropiado; no estaba, por tanto, a elegir según su propio gusto, pero sí de acuerdo a los gustos del otro. Y finalmente sacó el libro. ¡He aquí un buen primer libro para un lector!, exclamó Calvino para sus adentros.


Lo abrió, a continuación, en la primera página, después de la ficha técnica (¿quién quiere leerla?) y posó el libro, así, abierto, en el inicio de la narrativa (…) Mañana, volvería allí para voltear la página (…)”