1999 | 320 pp. | El Aleph | Light Years | 9788476693001

 

No hay una vida completa. Hay sólo fragmentos.


“Noches de matrimonio, conyugales, la casa en silencio por fin, los cojines hundidos donde los invitados se habían sentado, las cenizas calientes. (…) Yacían en la oscuridad como dos víctimas. No tenían nada que darse el uno al otro, estaban atados por un amor puro, inexplicable.”


Impresiones: Años luz” (1975) de James Salter, antiguo piloto de la Fuerza Aérea estadounidense y escritor tardío prácticamente desconocido a este lado del océano, es un armonioso cántico a “las distancia de la vida”, a todo lo que se pierde en ellas. Un álbum de familia, envuelto en un aura de melancolía contenida, que retrata con una extraña claridad la vida conyugal de una pareja instalada en Hudson y sus múltiples facetas. Desde los primeros años de generosa felicidad, tras el nacimiento de sus dos hijas, pasando por la edificación de falsas apariencias cimentadas en la comodidad de la familiaridad y el compañerismo, hasta la esperada ruptura ornamentada por sueños antiguos, no hay nada de trascendente entre sus líneas y aun así Salter se presenta aquí como un narrador prodigio.


Salter escribe como quien fotografía cada instante. Su prosa es pura lírica. Sus frases están talladas y pulidas con esmero y delicadeza, como si de preciosas piezas de filigrana se trataran: “En ese cielo, tenues como monedas en una playa, apagándose, brillan dos últimas estrellas”. Y todo esto es, sin lugar a dudas, lo que permite que una historia que se perfile y fluya misteriosa y sosegadamente como la vida misma brille por sí sola. Entre sus páginas, las cosas sencillas, los silencios, los momentos de júbilo y la tristeza, individual o compartida por sus protagonistas, tienen voz propia. Así puede decirse que en este relato la atención a los detalles lo es todo, en la medida en que lo dota de una veracidad difícil de rebatir.


Sentado lo anterior, en mi opinión, “Años luz” no se presenta como un relato conmovedor o iluminador acerca de las relaciones en pareja. La novela es, más bien, un canto a la vida y a nuestra naturaleza condicional, cuya fuerza radica en unas descripciones sobresalientes que se leen, una y otra vez, con un placer difícil de expresar. Y, si bien su mensaje es sobradamente conocido por todos (“cualquier cosa que hagamos, incluso de que no hagamos, nos impide de hacer la cosa opuesta. Los actos demuelen sus alternativas, he aquí la paradoja. La vida, por tanto, consiste en elecciones, cada cual definitiva y de poca transcendencia, como tirar piedras al mar.”), su lectura sigue mereciendo mucho la pena.

 

James Salter (Nueva York, 1925) estudió Ingeniería en West Point y en 1945 ingresó en las Fuerzas Aéreas. Fue piloto de aviones de caza y combatió en la guerra de Corea. En 1956, publicó su primer libro, “Pilotos de caza”, y un año después abandonó el ejército para dedicarse a la literatura. Durante una década trabajó como periodista, escribió guiones para Hollywood y dirigió películas como Three. Su tercera novela,Juego y distracción” (1967), un apasionado affaire entre un americano y una francesa, le valió la reputación internacional. A ésta siguieron “Años luz”, “En solitario” (1979), la colección de relatos “Anochecer” (1988), sus memorias “Quemar los días” (1997), “La última noche” (2005) y más reciente, la que probablemente será su última novela, All That Is” (2013).

 

Conclusión: Años luz” , y sobre todo la pluma de Salter, han sido todo un descubrimiento. Y si no me creéis, mirad aquí lo que opina Antonio Muñoz Molina