2007 | 144 pp. | Auto-editado | B005Z4RV7G

 

¿Por qué El ladrón de compresas? El mes de febrero ha estado marcado por el lanzamiento de una serie de lecturas conjuntas en la blogosfera. Entre tantas opciones, he decidido apuntarme a la que propusieron los blogs El Universo de los libros y De tinta en vena, puesto que la novela se insería en el género de la narrativa policíaca y de intriga, y presentaba un título curioso. Además, y con el fin de agilizar el proceso, el autor se ha ofrecido a enviar un ejemplar digital de la misma y, por ello, me gustaría agradecerle su amable gesto.


“Noticias locales: Continúa la búsqueda de la chica Sofía Jiménez, de veinte años, que desapareció el lunes 26 de febrero después de haber asistido a estudiar por la noche a los aularios de la universidad de Pedreira. A cuatro días de su desaparición la policía no tiene todavía pistas…”


Impresiones: El ladrón de compresas” da cuenta de la investigación policial que se desarrolla tras el secuestro de una joven universitaria, Sofia Jiménez, en Pedreira. Pero lo que inicialmente aparentaba tratarse de una situación aislada, se convierte en una potencial operación de un asesino en serie, cuyo principal rasgos distintivo es la olfactofilia, un deseo sexual compulsivo relacionado con el olor de la transpiración, que le hace robar las compresas de sus víctimas. Bajo la supervisión del comisario Cervantes, el caso es dirigido por el ambicioso policía José Mulero, que cuenta con la colaboración de los agentes Susana Ruiz y Raúl Vázquez, además de un grupo de expertos liderado por el subinspector Garnero, un hombre con pocos escrúpulos, que toma inmediatamente las riendas del caso y todo el protagonismo mediático. A este elenco se suman aún el reconocido detective privado Ernesto Vargas, un hombre de mediana edad y con un fuerte acento argentino, y su nuevo ayudante, recomendado por la agente Ruiz, Eduardo Cortés.


Esta es una trama que fácilmente envuelve el lector, ya sea por el misterio que encierra en sus páginas o la bizarría del propio caso. En este sentido, y deteniéndome en este último elemento, he de reconocer que el autor logra con creces infligir en el lector una sensación de repulsa extrema cuando describe las actitudes y los rasgos físicos del asesino, que no me sorprendería que impidiera a alguno más sensible llegar hasta su final. Pero, a la vez, esta tensión se disuelve cuando concede el protagonismo a la víctima. Es decir, los capítulos en que Sofía Jiménez describe su precaria situación me han parecido infantiles e irrealistas, puesto que no consiguen generar el efecto de empatía hacia la víctima que se espera en una novela de este calibre. Por todo ello, me atrevo a afirmar que el eje central de la novela no es tanto el secuestro de Sofia, sino más bien las relaciones que construyen entre si los distintos personajes, tanto los del cuerpo de la Policía Nacional, como los civiles. A la medida que el lector se adentra en la trama es inevitable que no sienta curiosidad sobre cuál de los grupos encargados de la investigación solucionará el caso o cuál será la contribución del nuevo y patoso ayudante de Vargas.


Por otra parte, la acción transcurre a un ritmo satisfactorio, con algunos picos de adrenalina y episodios al puro estilo de las bien conocidas películas de Hollywood. Esto facilita que el lector se mantenga enganchado a la novela y en la ansia de saber más, aunque también rebaja la credibilidad de la trama que se desarrolla en sus páginas. Aquí me refiero, en concreto, al episodio de persecución automovilística emprendida por dos de los agentes de las fuerzas de seguridad.


Sentado todo lo anterior, no puedo dejar de destacar también algunos aspectos formales que, en mi opinión, pueden dar origen a una evaluación menos favorable de la novela. El primero se refiere al lenguaje coloquial utilizado por los personajes, ya sea en sus reflexiones interiores, o en los diálogos que entablan con otros. Si bien es cierto que esta decisión puede aligerar el proceso de lectura, en mí caso concreto ha frenado mi interés en la historia, llegando al punto de suscitarme algunos interrogantes a la hora de retomarla tras las pausas habituales. Después, y en esta misma línea interpretativa, tampoco puedo obviar el tono machista que impera en algunos fragmentos de la novela y la repetida exacerbación de los atributos físicos de la agente Susana Ruiz. Ahora bien, puede que el autor optara por la utilización de estos recursos con el propósito de manifestar su interés por la problemática de la igualdad de género, una vez que este es un tema cadente tanto en las agendas políticas de numerosos gobiernos, como en los medios de comunicación. Pero lo cierto es que, al no disponer de tal información, tengo que valorar negativamente dicha elección, que me parece que empobrece drásticamente la narrativa.


En conclusión, “El ladrón de compresas” cumple su objetivo de entretener al lector, al ofrecerle una lectura ágil y ligera. Además las peculiares características del asesino me parecieron originales dentro del género de la novela de misterio y la sensación de repulsa que produce en el lector está extremamente bien lograda. Sin embargo, el lenguaje utilizado y el tono presente en algunos diálogos, así como la pobre interpretación de Sofía Jiménez en el papel de víctima, hacen con que sus carencias sobrepasen sus virtudes. Por ello, me sería imposible formular una recomendación favorable que incitara a algún lector a aventurarse con su lectura.

 

Sergio G. Ros (Cartagena, 1975) es diplomado en Ingeniería Técnica y trabaja en el sector industrial. Ha escrito hasta la fecha cuatro novelas: “El ladrón de compresas“, “El valle del demonio”, “Transmutación” y “Luciano Wong (Libro I)“. Como crítico literario ha realizado reseñas para la conocida página web Llegir en cas d’incendi y ha colaborado con la revista literaria Prosofagia. En la actualidad trabaja en el borrador de Luciano Wong (Libro II).


Clasificación: Una novela con carencias acentuadas que, personalmente, no recomendaría


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