2006 | 128 pp. | Siruela | Der Mann im Jasmin | 9788478449705

 

¿Por qué El hombre jazmín? Porque su historia personal resulta tan fascinante, o más si cabe, que su obra. Porque “Primavera sombría” deja demasiadas cuestiones en abierto, y en España sólo se han publicado tres de los cinco títulos firmados por la autora.


“Pero ella ya empieza a caer en el abismo de una nueva y profunda depresión, como si ésta fuera la ley de su enfermedad. Unos cuantos días fabulosos, unas cuantas noches con las estremecedoras experiencias de las alucinaciones, una breve euforia, la sensación de ser extraordinaria, y después, la caída, la realidad, el desengaño.”


Impresiones: Única Zürn no se aleja de la verdad cuando advierte que la privación de la razón produce recelo y una cierta aversión colectiva – como si de una enfermedad contagiosa se tratase. La aparición de interlocutores imaginarios, de voces mecánicas y de visiones maravillosas conforman una realidad tan abstracta y poblada de signos de interrogación, incluso en el ámbito de las ciencias, como para que una obra de este calibre pueda ser leída con liviandad. A raíz de ello, ciertamente no sería exagerado afirmar que “El hombre jazmín” (1970) es una de las novelas más duras y violentas que ha aterrizado en mis manos este año.


En sus pocas páginas, la autora narra, de forma detallada, su vibrante y caóticamente loco mundo interior en lo que el imposible se hace posible, sus obsesiones con el “hombre blanco” (una figura que parece guardar una estrecha relación con su amigo/amante de París, el artista surrealista alemán Hans Bellmer), y su paso por distintas instituciones psiquiátricas, donde se empeñan en mantenerla alejada de “los magníficos regalos que le ofrece la locura“. Pero dejarlas ahí sería equipararlas, por ejemplo, a las de “Verónika decide morir” (1998), y consentir que la ficción sirviera de escudo a la exposición de su trágica biografía. Si en “Primavera sombría” la autora retorna a su infancia, aquí es de fundamental importancia el abandono de su ciudad natal en 1955 para vivir al lado de Bellmer y los traumas de un amor enfermizo, de una “existencia al filo de la navaja y abocada hacia la fatalidad“. En sus propias palabras, “por falta de inteligencia, ella cree firmemente que él la “hipnotiza”. Su cerebro, pequeño como el de un polluelo, no comprende que es “ella” la que se hipnotiza a sí misma al hacer girar sus pensamientos en torno a la misma persona. Él es el águila que vuela en círculos sobre el polluelo masoquista. Por fin comprende la solución. No hay salida para ella.” Y, a través de fragmentos como éste, de una cordura pasmosa, cada uno se puede hacer una idea del desencanto, la tristeza y la amargura presentes en este brevísimo relato.


La crudeza con la que plasma el enfrentamiento entre sus estados de locura y de lucidez (“Como si en la locura hubiera un refugio, lo cual, por otro lado, puede ser verdad”), así como la ausencia de mensajes redentores, reforzada por la utilización de un narrador impersonal, podrán explicar probablemente porque algunos expertos la han clasificado como “literatura de escalofrío“. Y, desde mi punto de vista, esta definición no podría ser más acertada; hay algo en sus letras capaz de partirles el corazón a los lectores.


Sin embargo, pese al choque y fascinación que ejercen en la lectura los elementos anteriormente descritos, quizá no sería correcto abstenerme de mencionar que esa atracción se vio reforzada por el vivo recuerdo de los textos, vídeos y trabajos presentes en la exposición retrospectiva de la singular y excéntrica artista japonesa Yayoi Kusama, organizada por el Museo Reina Sofía en 2011. En una entrevista en El Cultural, ésta dijo “mi arte mantiene una estrecha relación con mi salud mental” y lo mismo se puede aplicar a la escasa producción artística y literaria de Única Zürn.


En suma, “El hombre jazmín” es una novela recomendable para todos aquellos lectores que quieran romper con las fronteras del entretenimiento literario, y totalmente necesaria para quiénes se sintieron aturdidos por la forma en la que la autora se desnuda en “Primavera sombría“. Un texto que ofrece las piezas para completar el complejo puzzle que explica su vertiginosa caída de las nubes, “donde tan a gusto se sentía“.

 

Conclusión: Un relato escrito desde los abismos de la locura;

una pluma maldita, loca, triste y dolorosa

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