“Experimentamos la vida como un continuo y sólo una vez que declina, una vez que se vuelve pasado, vemos las discontinuidades. El pasado, si existe, es sobre todo, espacio vacío, grandes extensiones de nada en las cuales flotan personas y acontecimientos significativos.” 

 
“Hace demasiado tiempo que se nos enseña que la visión de un hombre hablando consigo mismo es un signo de excentricidad o de locura, hemos perdido totalmente el hábito de oír nuestras voces, como no sea en una conversación o protegida por una multitud vociferante. Pero un libro es una sugerencia de conversar: una persona le habla a otra, y en ese intercambio el sonido audible es o debería ser natural.”


Hay días en que es absurdo sentarse a leer novelas. Eso fue exactamente lo que me pasó este caluroso y fatigante verano, en el que no hice más que errar de libro en libro que, por alguna extraña razón, no lograban despertarme de ese asombroso estado de apatía lectora. De todos modos, durante ese período, por mis manos pasaron un número razonable de títulos y autores pendientes de descubrir que, tras estos meses de silencio (forzado y, luego, voluntario), merecen ser recordados. Uno de ellos fue, precisamente, “Ciudad Abierta” (2012) de Teju Cole. En sus páginas, el autor hace uso de una serie de instantáneas de ciudades a ambos lados del océano Atlántico, en concreto de Nueva York y Bruselas, de caras sin rostro, de encuentros fortuitos, de momentos de júbilo y pesar, de obsesiones y deseos para tejer una trama que parece desarrollarse a ritmo de caminata. Lo más interesante y sorprendente de esta lectura radica, entonces, en la capacidad de Teju Cole para conquistar al lector sin recurrir a episodios trascendentes o reflexiones fascinantes, haciéndole ingenuamente creer que la escritura es un ejercicio tan sencillo como vagar sin destino por los callejones de muros de ladrillo y puertas cerradas – “rutas preferidas de nadie hacia ningún destino” – de una ciudad, o desnudarse delante de una página en blanco. En todo caso, “Ciudad abierta” no es un libro de viajes, sino, más bien, una invitación a pasear.  Una promesa de complicidad.